Saturday, August 16, 2014

taxi driver


Algún día, una lluvia de verdad se llevará esta basura de las calles. :Travis Bickle.

Wednesday, July 16, 2014

fantasmas


El fantasma abstemio y el otro que no.

Tuesday, July 15, 2014

Wednesday, June 04, 2014

ABC

5 de junio, ni perdón ni olvido. Justicia ABC.

Friday, May 30, 2014

carne asada y cultura


Vasconcelos: sacúdete en tu cripta.

Tuesday, April 29, 2014

Musiquito del talón

Musiquito del talón
  
La historia de esta ciudad, del Valle del Mayo, puede uno escucharla diariamente por las calles del centro, en los autobuses urbanos y rurales, en bares y cantinas, en los pasillos de las oficinas públicas, en las fiestas nocturnas y en el ajetreo de los antros que se encuentran en pleno downtown, cerca de la iglesia y de los gimnasios, de los restaurantes y comercios, de la plaza principal y de los bulevares más conocidos.
Esa historia no es una sola, tampoco es lineal ni aburrida, tiene tantos recovecos como callejones polvosos tienen las colonias populares, esas en donde la música ranchera, la cumbia y la cerveza nunca faltan.
La historia de Navojoa son muchas historias y casi todas pasan o pasaron por la Pesqueira y la Ferrocarril, la Otero y la Obregón. Sí, esta ciudad es como muchas ciudades, con sus características propias e irrepetibles. Una ciudad pequeña pero entre las más grandes y pobladas del noroeste de México. Una comunidad pequeña que es el centro de un valle agrícola y pesquero, fuertemente comunicada e interrelacionada con otras, y podemos nombrar a Álamos, Bacobampo, Etchojoa, Huatabampo, Yavaros, también a Cajeme en el norte y a Los Mochis en el sur, ya en territorio sinaloense.
Los nuevos tiempos, el nuevo siglo, encontraron a Navojoa atascada en las costumbres de siempre, perdida y semioculta en el sempiterno y ubicuo polvo. Pocas cosas cambiaron. Sí, hay más hoteles y restaurantes pero el caos en el centro, alrededor del mercado municipal, sigue siendo el mismo. Existe una franquicia con varias salas de cine, pero es la única oferta, y muy mala, cuando antes los habitantes podían escoger entre el Cinema Aries, el cine Río Mayo y el Obregón. La vida en las cantinas cambió, ahora en cada esquina se encuentra una tienda que vende cerveza y muchos eligen irse a beber al río Mayo, un río que no tiene agua desde los años noventa del siglo pasado. Cuántos empresarios abusaron de las aguas de ese río con la complicidad de los gobiernos en turno.
Alfonso López Corral, en Musiquito del talón, cuenta sus historias, y todas tienen que ver con la propia historia de esta ciudad. Con ayuda de la ficción crea personajes que uno cree reconocer, cercanos o no. Personajes complicados y dicharacheros, que viven, gozan y sufren la ciudad y sus costumbres. “¿Qué podíamos hacer en Navojoa?”, se pregunta uno de los protagonistas del cuento que da título al libro, y él mismo se responde: “Lo que hacíamos siempre: hablar y hablar de eso hasta que terminaba todo enrevesado lo que decíamos”.
El libro abre con una cita del escritor Daniel Sada y hay algo entre sus líneas  que no se parece a la prosa del escritor pero que sí recuerda a esa bella y poderosa manera de narrar del bajacaliforniano.
Una canción que se cree crónica narra una historia en esta ciudad, no diré cuál es pero se atreven a rimar Obregón con hielerón. Estas historias de Alfonso López Corral, aparentemente locales, pueden leerse y reconocerse en muchas ciudades del país. Son canciones extensas, cuentos-crónicas que le toman el pulso a la ciudad y la muestran tal cual es: diversa y peligrosa, floreciente y añeja, rica y polvosa, muy polvosa.
En Héroes entre nosotros dice el protagonista: En el espejo retrovisor resplandecían, atenuándose, las luces de Navojoa como un aura enferma.
Este cuento es un paseo por el territorio sonorense, una descripción precisa y a veces concienzuda de nuestras ciudades. Veáse lo que dice de Cajeme: Las calles aún permanecían desiertas y pensó que su trazo correcto obedecía a una simple extensión de las parcelas del valle. Los agricultores nunca dejan sus hectáreas, nomás las cubren de asfalto, y para no perderse por completo sin la tierra bajo los pies, le guardan lugar a los yucatecos y tabachines, a los árboles de nim y olivo negro.
El protagonista viajante enseguida habla del mal estado de la cuatro carriles y del tráfico en la capital, el cambio notable del paisaje del valle al desierto: En un rato divisó a Cananea a su derecha como un viejo equilibrista en las alturas…Con el sol al poniente desprendiéndose de la tierra, apareció Agua Prieta, plana y seca, lista para recibir la nieve en cualquier momento.  
En el cuento Cajetilla el lector reconocerá la Lonchería Velázquez, la inconfundible sirena de la mañana, mediodía y seis de la tarde y una frase que, de nuevo, me recuerda a Sada: Yo también he tenido que llorarlo así, al viento, como si no hubiera rumbo pa dónde soltar las lágrimas.
En Casa del pueblo Alfonso habla de una construcción pero bien podría describir a esta ciudad:
El barreal, la tierra más inútil del mundo regalada a esta región, formada de terrones duros y resecos que jamás terminan de integrarse y volverse un suelo compacto cualquiera; la tierra que ni mojada ofrece tregua, chiclosa y desesperante como el chapopote; la tierra bronca que nunca se deja lo que tiene encima, comenzó a cuartear la casa, a agrietar las paredes y a poner en vilo los techos.
Casa del pueblo es el baile en el Casino y la rancia sociedad de Navojoa, la historia de la ciudad, sus costumbres añejas, sus vicios y virtudes en una casa. La dueña de tal casa del pueblo dice: En diciembre vamos a organizar una posada y queremos invitar a las gentes más popof de la ciudad. Popof, vaya palabreja tan conocida por acá.
En el mismo cuento Alfonso se permite un humor a lo Ibargüengoitia: Puse miedos a la obra, dice el protagonista, y la esposa que espera salir de deudas con el trabajo a fuerza de su esposo, el mismo que añade: “pobrecita, pensé, no sabe que es más probable que se quede viuda a que me paguen”.
Con otras dos frases esta historia, de mis preferidas del libro, me recuerda de nuevo a Ibargüengoitia y Sada:
-Nuestro sello distintivo era la destrucción y
-Regresamos en el tiempo o lo trajimos del pasado.
Cuarto de milla, el cuento justo a la mitad del libro, es una breve píldora de horror. Una historia corta y poderosa.
En Treinta balazos encontramos al policía inepto: El Flaco Irene era un remedo de policía, es decir, un suato con buenas intenciones. Su trabajo los últimos veinte años había sido adornar las esquinas del mercado municipal o del primer cuadro de la ciudad y recordarle a la gente que en algún tiempo había existido el orden en Navojoa.
Ya por el final, en Diablos sin cruces, Alfonso ofrece estas líneas que ahora recuerdan a Rulfo:
 -Martincillo, ¿tú crees en el diablo? –me preguntó.
-Pues no quiero.
-¿Será eso que estoy viendo?
-Si no se ve nada…es un mezquite feo.
-Se parece a Marcial, a mi viejo. Lo mandaron por mí.
-¿Y cómo sabes que fue el diablo?
-Porque Marcial se fue al infierno, no cabía en otra parte.
Musiquito del talón contiene algunas de las historias mejor contadas que he leído de autores sonorenses. Alfonso López Corral escribe sin prisas y su prosa le hace justicia a las historias que cuenta.

Sunday, April 27, 2014

amor & paranoia

 

 Blur.
Canciones envueltas en papel.