Wednesday, February 23, 2005

Don Kijote del Ocho

Don Quijote, según el escritor Paco Luna, especial para altanoche.
400 años de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra.


Don Kijote del Ocho
Francisco Luna

En clásico vecindario, en clásica venta, Don Kijote, fatigado de pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena, llamó a Ron Damón, ventero y zapatero de oficio y afición, y encerrándose con él en el patio de la vecindad, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de dionde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero Ron Damón hubo de decirle que el don que pedía, otorgábale.
-No esperaba yo menos –respondió Don Kijote-: y os digo que el don que os he pedido es que mañana, en día, me habéis de armar caballero para poder ir por las cuatro partes del mundo buscando las aventuras en pro de los menesterosos, como distingue a un caballero andante, como soy yo, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, de oficio asimesmo bolero de lustrar botas y botines, que era poco socarrón y ya vibraba de falta de juicio a su huésped, determinó seguirle el humor, pues gallarda presencia mostraba y ansí le creía.
Preguntóle si traía dineros, respondiéndole Don Kijote que no traía “blanca”, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. “Pues se engaña”, dijo Ron Damón, porque en las historias desto no se escrebía, por parecer a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron y trujeran. Que todos los caballeros andantes llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles al ir al baile o celebrar fandango el día enque al Niño Dios se viste.
Queso de llevar alforjas no es muy bien visto ni admitido entre caballeros andantes. Para eso está el escudero –hermano, amigo- que siaga cargo de esos bártulos, por aquello de las heridas o raspones en las batallas o las llagas o ronchas que viniesen. El escudero, Oficial Mayor y Gerente de Mandados, es a bien y más necesario por lo que afecciones y delirios que ungüentos trae en su grupa y a todo caballero alivia si este necesita al, comodije antes, acudir a una tardeada en domingo o a un bautizo de parentelar celebración, cuando no a una boda en cortesía vecinal. Ni hablar de quién inspire nuestra andanza.
Dulce Dulcinea del Coloso, Dulcinea amada... “Acorredme, señora mía, decía el flaco caballero, después de dos litronas de beberecua. Acorredme en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece...”. Fantasía y arrojo al cabalgar en desérticas y rocosas llanuras, donde siempre hay arrieros al acecho que, salteadores de caminos, ni se curan en razón ni se curan en salud, que bien a bien merecen cuando al levantar la adarga, uno, le sonrraje con lanza en ristre un jodazo en la cabeza.



Dineros, hartos dineros, camisas limpias, escudero y musa de fantásticas lucubraciones, son signo y seña de todo fijosdalgo de manchegar o cerreñas canciones en sus predios y municipalidades, pensaba entre sueños, mientras que despertaba ese mediodía aciago, de los vientos de febrero loco, don Francisco Alonso Quijada, zapatero de oficio, avecindado y natural del predio del Pitic, por los rumbos del barrio de El Mariachi.
Vaya despertar de Quijada que mientras leía el capítulo V (I parte) de Don Quijote de la Mancha (ed. Porrúa), donde señaló el párrafo que revisa, hurga, tapia, la biblioteca del audaz caballero andante.
Puso en cursivas la frase:
-Ta-ta -dijo el cura- ¿Jayanes hay en la danza?
Despierta frente al televisor cuando transmiten El Chavo del ocho: llega el Profesor Longaniza o Jirafales y frente al asombro del Señor Barriga, la Bruja del 71 y el mismísimo Chavo, que como siempre comete la tropelía en cuestión, grita el antedicho docente Jirafales, al igual que el cura de la dicha novela de Miguel de Cervantes Saavedra: “Ta-ta.... tenía que ser el Chavo”.
Tenía que ser Don Quijote, viejo loco, dijo don Pancho Quijada, cuando su nieto que apenas gateaba por la sala-comedor de su casa, donde echábase un chango frente al televisor, tiró la cagua, la litrona de cerveza, que tenía donde apoltronaba el ronquido, regañando al morrito: “Ta-ta...que pinchi despertar, si apenas...ta-ta...Chamaco, baquetón. Era la última cheve en el refri y ya cerraron la Venta…¡Oh! El Hostal…¡Oh! Chingao: el pinchi changarro y tan temprano. Buqui, cabrón…Ta-ta…Oraloverás, fijo de fijo de fijosdalgo…”(*)
“Ta-ta-ta-ta…”.


*N. del T. Fijo de fijo de fijosdalgo: Dícese en su variante semántica americana o en préstamo lingüístico de España o en mexicanismo: Hijo de tu rechingadísima madre.

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