Monday, November 16, 2009

Campeones sin medallas

Por Arturo Soto Munguía
Con cariño y admiración para Alí Soto, que es de oro puro.
La delegación sonorense que el viernes pasado combatió en Oaxaca para sumar puntos y clasificar al Campeonato Panamericano de Luchas a realizarse el año próximo en Brasil, regresó el sábado con nueve medallas. 
La delegación estuvo compuesta por 10 atletas, que trajeron para orgullo del deporte sonorense, cinco medallas de oro, tres de plata y una de bronce. 
Un resultado excepcional, si se considera las condiciones paupérrimas y digamos que hasta indignas, en que los gladiadores locales asistieron a ese encuentro deportivo. 
Nada más imagine, cansadísimo lector, agobiada lectora, un viaje del que le reseño brevemente sus avatares. 
Los muchachos, de 16 años y menos, partieron de Hermosillo el jueves 12 de noviembre, por la mañana. Volaron a la ciudad de México, a donde llegaron un par de horas más tarde, para viajar por tierra a Oaxaca, a donde llegaron a eso de las diez de la noche. 
Malcomidos, maldormidos, los atletas se hospedaron en un albergue maravilloso: con paredes decoradas por algún fugitivo de la Mara Salvatrucha, los dormitorios eran unas preciosas crujías con literas individuales, de colchones meados y apestosos; sábanas malolientes y cobijas con la textura de una galleta salada, pero con un olor entre orines y patas, fermentado durante años. 
Los baños eran una preciosidad. Como no había agua, lo que tenían a la mano eran unos tambos de 200 litros rebosantes de un líquido verde oscuro que no le pediría nada a cualquier alcantarilla de la ciudad. 
Ahí durmieron, si a eso se le puede llamar dormir. 
A las seis de la mañana del viernes, estaban de pie, para la ceremonia del pesaje, que comenzó a las ocho. Todos ganaron su primera pelea, que fue contra la báscula, gracias a un trabajo serio y profesional de los entrenadores, que los llevaban como navajitas. 
Un par de horas después, estaban sobre los colchones, defendiendo la casaca sonorense, en una jornada que se extendió hasta las seis de la tarde. 
El resultado: cinco medallas de oro, tres de plata y una de bronce. Los chicos regresaron a Sonora con el orgullo a flor de piel, pero sin las susodichas medallas, porque éstas serían entregadas hasta el día siguiente durante la ceremonia de clausura, a la que no pudieron quedarse porque no había recursos para mantenerlos un día más ahí. 
Es decir, en cuanto terminaron de pelear, los chavos empacaron sus cosas, se fueron a la terminal de camiones, para tomar el autobús que los llevaría por más de seis horas de camino rumbo al Distrito Federal, a donde llegaron a eso de las cuatro de la mañana del sábado.

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