Tuesday, January 31, 2012

Álamos 1

La casona tiene muchos años. Es amplia y tiene entradas por la acera norte y sur. Por la acera norte se fue el tsuru que tenía don Beto. No se fue solo, se lo llevó la corriente hace unos años cuando la ciudad de los portales sufrió el ataque de fuertes lluvias.
Entre una acera y otra, justo en el centro de la casona, está la cocina. Es amplia, acogedora como toda cocina y siempre huele rico. Huele a jugo de naranja, a machaca, a tortillas de harina, a pozole y frijoles de la olla. Y café. Afuera hay una viejísima estufa de leña en un cuartito que parece alacena-mazmorra. La madera del marco de la puerta de la cocina es bellísima y los dueños de la casa creen que tiene ahí, la madera, al menos cien años.
Las señoras de la casa son más que amables y me obsequian cajeta de membrillo y machaca de Álamos “porque algo tiene que sabe distinta a la de Hermosillo”. Todos los días me regalan café y galletas. Y un día quieren invitarme a comer barbacoa, otro, pozole, y además unos frijolitos de la olla con tortillas de harina.
Del perico enjaulado que vive en el patio se sospecha que también es centenario, aunque don Beto dice que apenas tiene doce años. Es un chiquitín. El incordiante pajarraco compite con los gallos en la madrugada y continúa todo el día con sus berridos. Manuel se llama el perico y don Beto cada mañana carga con la jaula para que el emplumado lo acompañe en el negocio que atiende en la parte de enfrente de la casona. En la noche la jaula con Manuel va a la recámara del señor y el perico “se enoja si apago la luz cuando todavía no tiene sueño”, dice don Beto. También se enoja con la presencia de algunos chamacos “y se hincha hasta verse gordo”.
Por el enorme ventanal de mi recámara cada mañana entra el sol primero y los chillidos de Manuel después. Es la hora del café.

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